martes, 10 de mayo de 2011

Modernidad, diversidad cultural y resistencia indígena latinoamericana

Ictzel Maldonado Ledezma

I. La modernidad en crisis

“El mundo entero vive la presión de la mentalidad originada en los Tiempos Modernos, una manera de ver la realidad que ha estado regida por la razón pura, la ciencia positiva y la proscripción del pensamiento mágico. Ahora, cuando esa mentalidad nos ha conducido a la crisis más profunda de la historia, los países a medio desarrollo deberían hacer un alto para evaluar las virtudes y defectos del progreso material”

Ernesto Sábato


En las discusiones y debates sobre los pueblos indígenas y la diversidad cultural latinoamericana es imprescindible tener en cuenta una idea fundamental: la relación entre la constitución de la modernidad occidental, fundada en el colonialismo -como tiene a bien señalar Edgardo Lander -, y la realidad que se escondía –o pretendió esconderse- tras ese proyecto histórico. Realidad que resurge en la actualidad con demandas, exigencias y propuestas para considerar lo “otro” tanto tiempo subvalorado. Después de siglos de dominación, de intentos por borrar la pluralidad del ser histórico que somos, en tiempos de la globalización está visto que aunque existan intentos por homogeneizar el mundo, éste se caracteriza, ante todo, por la diversidad de sus culturas y sus pueblos, lo cual da unidad a la humanidad en sí, y resurge en el siglo XXI presto a hacer frente a cualquier intento más por negar la cualidad más grande del género humano: su heterogeneidad.

Pero vayamos por partes. En la constitución histórica de la modernidad existen tres momentos fundamentales, a saber: el Renacimiento, la Reforma Protestante y el “descubrimiento” de América; éste último significa el punto histórico en el cual comienza la compresión del espacio y el tiempo que siglos más tarde resultará en la globalización del mundo; es importante, además, porque incorpora al continente americano al incipiente sistema capitalista que se formaba entonces, bajo la forma colonial, lo cual dará sustento, de hecho, a la modernidad occidental. Pero América, como nos recuerda Carlos Montemayor, no fue “descubierta” en realidad, sino inventada en razón de una necesidad histórica por justificar una dominación que sustentaría el proyecto civilizador europeo; en el proceso de invención de un “Nuevo Mundo” se crearía también, por una confusión histórica, al “indio” desontologizado que siglo tras siglo sería sometido, oprimido, subyugado, y más adelante se crearía el concepto uniformizador de “indígena” que trataría de incluir a toda la diversidad de pueblos y culturas originarios de nuestras tierras.

Para ellos, en 1492 comienza el ascenso y expansión mundial de su proyecto histórico de dominación, en este año, Europa “descubre” un mundo nuevo, cuyos habitantes merecen el “premio” de ser civilizados toda vez que su condición “bárbara” los hace susceptibles a ello. En 1492, una parte del mundo es sometida a la otra, sumándose así a la cola del tren de la historia occidental –más adelante se incluirá también al África, el último continente en llegar al festín moderno-. Tal es el significado de la llegada a nuestras tierras de los extranjeros que colonizaron, conquistaron, exterminaron y evangelizaron, todo ello en nombre de su civilización, de su cultura y como parte de un proyecto histórico que redundaría más tarde en la constitución del mundo moderno; un proyecto que, por lo demás, negaba esencialmente al otro, al diferente, al no blanco, al no europeo, al no occidental... al no humano. En suma, la negación misma de la humanidad del “otro”, “a razón” del proyecto de la “humanidad europea”.

Así pues, el mundo actual y la globalización característica no son comprensibles sin atender a ese hecho tan significativo de la historia de la humanidad –hablando sin exclusiones raciales y sin etnocentrismos-, en el que hoy tiene lugar la emergencia de luchas que reclaman el justo reconocimiento histórico tanto tiempo regateado. 500 años después de la llegada de los europeos a nuestras tierras, es decir, a cinco siglos de dar comienzo el proceso histórico colonial que negó nuestro ser originario en nombre del proyecto moderno, el llamado zapatista fijó la atención sobre aquellos que después de todos esos siglos de resistencia continuaban ahí, pese a los esfuerzos de muchos por negarlos. La Revolución de la Lacandona, como la llama Pablo González Casanova, se erigió en crítica del sistema político mexicano, y aún más, del sistema capitalista mundial, con todos sus vicios y calamidades inherentes. Como los propios zapatistas señalan:

“Somos producto de quinientos años de luchas [en las que] surgieron Villa y Zapata, hombres pobres como nosotros a los que se nos ha negado la preparación más elemental para así poder utilizarnos como carne de cañón, y saquear las riquezas de nuestra patria sin importarles que estemos muriendo de hambre y enfermedades curables, sin importarles que no tengamos nada, absolutamente nada, ni un techo digno, ni tierra, ni salud, ni alimentación, ni educación, sin tener derecho a elegir libre y democráticamente a nuestras autoridades, sin independencia de los extranjeros, sin paz ni justicia para nosotros y nuestros hijos […]”

El llamado de atención hacia aquellos que siempre negaron la realidad indígena, se presenta en un momento histórico en el cual hace agua el proyecto moderno de Occidente, donde ya no es posible seguir negando la existencia de pueblos y culturas que trataron de ser subsumidos en una sola cultura de alcances globales. Así, nuestros indígenas, que siempre estuvieron ahí, pero que fueron negados esencialmente, ora por los europeos colonizadores, ora por los criollos mexicanos y los liberales modernizantes, ora por los indigenistas, vuelven después de todo ese tiempo para mostrarnos “la otra cara de la moneda”: en múltiples aspectos, ese proyecto moderno muestra sus insuficiencias y el mundo indígena renacido cuenta con los elementos para, desde su propia cosmovisión, demostrarle al mundo moderno sus carencias y sus fracasos en sus intentos por uniformizar al planeta a imagen y semejanza de Occidente.


II. 5 siglos de resistencia: Lo “otro” resurge.


“Con las rebeliones indígenas todos hemos aprendido que es imposible formar una sociedad integrada y con bases duraderas de igualdad cultural sin un reconocimiento del derecho y la demanda de las naciones indígenas a organizar formas de autogobierno en amplios espacios territoriales donde está vigente la identidad y la filiación nacional indígena. La formación de un régimen político republicano capaz de reconocer sistemas de autonomía político-cultural indígena a escala regional y una transformación radical de la estructura estatal para institucionalizar […] la igualdad de idiomas, costumbres, creencias, culturas, son pasos mínimos para comenzar a desmontar la segregación colonial de un Estado racista y una nación dominante que no tiene estabilidad porque se monta sobre otras naciones indígenas.”

Coordinadora de Defensa del Agua y de la Vida, Cochabamba

El pilar político sobre el cual se basó la constitución de la modernidad occidental fue, como refiere Luis Villoro, el Estado-nación. Éste fue construido en la medida en que una nación proyectada se impuso paulatinamente sobre naciones históricas, originarias, que existían mucho antes y que fueron suprimidas en aras de conformar un Estado moderno, de carácter más bien uniforme. Una gran diversidad de culturas, de pueblos, de lenguas, de cosmovisiones, serían negadas de este modo, para crear de manera artificial una nación pretendidamente unicultural y homogénea. Hoy, con la crisis que enfrenta esa modernidad y la irrupción de toda esa pluralidad negada, se pone en entredicho la viabilidad del Estado-nación moderno sobre bases culturales y étnicas uniformes, y resurgen las propuestas de estos pueblos, confrontándose con conceptos y modelos modernos que, transpuestos a realidades bien específicas, no han hecho sino poner de manifiesto sus carencias.
Uno de esos conceptos es el de la democracia, hija natural del liberalismo moderno que fue heredada a su vez a América y que en la actualidad demuestra graves insuficiencias; como apunta Guillermo Bonfil Batalla: “Es una democracia de individuos, no de conjuntos sociales sin los cuales los individuos no pueden existir”. No bastando con la existencia de regímenes democráticos en los países de Nuestra América, las democracias latinoamericanas parecen en crisis, y la gente parece no creer más en ellas, como tampoco en la política, por considerarlas incapaces de responder a sus necesidades materiales más elementales. Frente a una concepción electoralista de la democracia (formal, procedimental), que puede redundar en su desvinculación respecto al desarrollo de los pueblos, la concepción indígena de ésta y de la política se presenta como una propuesta que enriquece la noción originaria de la democracia con los valores comunitarios y solidarios de la cosmovisión de estos pueblos. Para el caso específico de los zapatistas, Serna Moreno señala que éstos “[…] proponen una democracia nueva, una refundamentación del concepto de democracia, porque sólo la conciben con justicia y dignidad, y una nueva forma de hacer política. El llamado “problema indígena” lo plantean recordando una vieja demanda de los pueblos indios: la autonomía […]” .

Hay una exigencia, pues, por reconocer la existencia y viabilidad de los sistemas político y jurídico de los pueblos y comunidades indígenas en el marco de nuestro México; de respetar el derecho irrestricto que como pueblos tienen para autogobernarse bajo las normas por ellos implementadas, en coexistencia del sistema nacional institucional en el cual viven. De este modo, hay que señalar que“[…] la autonomía indígena es un proceso de apropiación de la política, la economía y la cultura por los mismos pueblos indígenas […] algo indispensable […] para promover de manera urgente el desarrollo político, social y cultural de dichos pueblos, poniendo fin a toda forma de discriminación, opresión y explotación […]” .

Así, la cuestión de la democracia –de “otra democracia”- está íntimamente ligada a la del desarrollo, y actualmente no es posible seguir considerando a éste como mero crecimiento económico, como un “crecimiento sin alma” que desatienda a las dimensiones humana, cultural, social y ambiental del desarrollo de los pueblos. En estos aspectos, la economía comunitaria indígena también tiene mucho qué mostrar a la economía del mundo moderno, -“civilizado” y hoy globalizado-. Como señala González Tiburcio, el sistema económico indígena se caracteriza por “[…] una relación de equilibrio con la naturaleza, formas de propiedad comunitarias, unidades de producción y consumo familiares, formas de trabajo y de distribución de los bienes mediadas por necesidades culturalmente limitadas, así como por la cooperación y la reciprocidad” y ello redunda en un tipo de economía alternativa, en consonancia son las especificidades de nuestros pueblos y sus visiones del mundo, que, a diferencia de los proyectos modernistas de los desarrollistas cepalinos no pretende incluir felizmente a los indígenas en esa modernidad occidental que, sencillamente, no casaba bien con nuestra realidad porque es sustancialmente diferente a la suya. Así pues, otra democracia, otro desarrollo, otra economía.

Y otra medicina también, cuya base está en la cosmovisión indígena y que tiene como contraparte a la medicina científica, que al igual que otros aspectos del proyecto moderno, ha entrado en crisis. La medicina tradicional indígena, pese a no ser científica, racional en el sentido “moderno” del término, se erige en complemento de la medicina académica y aporta los conocimientos tradicionales de estos pueblos, otros conocimientos que también perviven tras 500 años de resistencia a la modernización científica. Si bien no son la panacea, sí pueden complementar los esfuerzos hechos en el campo de la medicina moderna con todos sus aportes provenientes de una concepción cultural distinta del proceso vital de salud-enfermedad.

En lo que respecta a las lenguas, se presenta una situación especial. Con la invención de América por los europeos, una lengua imperial -el español principalmente, aunque el portugués también- se impuso en los dominios coloniales del imperio, y trató de borrar una enorme pluralidad de lenguas indígenas, de las cuales algunas decenas pudieron resistir la embestida colonial. Más adelante, una vez conseguida la independencia en los países de la América Latina, la unidad nacional se entendía que pasaría forzosamente por la castellanización y la disolución de la diversidad lingüística de nuestros países. Actualmente habría unas sesenta, según tiene a bien referir Miguel León Portilla, quien señala además que éstas han enriquecido enormemente con sus aportes a la lengua española, en vez de amenazar su existencia. Esas lenguas son vehículos de la cosmovisión de todos estos pueblos, que al hacer uso de ellas nombran las cosas del mundo de una manera distinta, y ello enriquece notoriamente a la humanidad. Constituyen otras formas de ver el mundo, y conllevan una serie de valores propios de sus culturas: en ellas, la solidaridad, el sentido comunitario y el “nosotros” se hallan por encima del individualismo, la desunión y el egoísmo propios del mundo moderno; en ellas, la concepción colectiva del mundo se simboliza en ese nosotros, en el tik, tik, tik, del caso tojolabal que, como señala Carlos Lenkersdorf, “[…] predomina no sólo en el hablar, sino también el la vida, en el actuar, en la manera de ser del pueblo” y que se opone al constate “yo” del pensamiento occidental.

III. Nuestra diversidad cultural: ¿Qué futuro para México y el mundo?


“El mundo que queremos es uno donde quepan muchos mundos. La patria que construimos es una donde quepan todos los pueblos y sus lenguas, que todos los pasos la caminen, que todos la rían, que la amanezcan todos”

Comité Clandestino Revolucionario Indígena, O2.II.1996.

Silvya Schmelkes nos recuerda que no basta con la existencia y el reconocimiento de un Estado multicultural para que haya el respeto necesario entre culturas distintas que coexisten en un mismo espacio estatal; es necesario trascender ese plano hacia el de una interculturalidad que permita la convivencia y el pleno respeto entre culturas diferentes, sin predominios de unas sobre otras, sin hegemonías algunas ni intentos homogeneizadores. Frente a una modernidad que pretendió borrar nuestra diversidad cultural en nombre de su particular razón cultural, que trató de incorporar al indígena en sus proyectos nacionales modernizantes, y que consideró a nuestras sociedades desde enfoques dicotómicos engañosos (tradicional-moderno/atraso-progreso/subdesarrollo/desarrollo/barbarie/civilización), lo reputado por ellos como “pre-moderno” presenta hoy sus propuestas otras de sociedades “no modernas”, que quizás no transitemos por el camino ascendente y lineal de la historia de Occidente, pero que tenemos mucho qué mostrar al mundo. Se aplica también para todos aquellos otros pueblos y otras culturas negadas o minusvaluadas por Occidente en su proceso de imposición a escala mundial. Como también señala esta autora, la educación se erige en un pilar básico para trascender ese plano de multiculturalidad, no suficiente en la construcción de un México orgullosamente plural.

Actualmente, la globalización puede constituir una herramienta de liberación de todos estos pueblos otros: a nuestros oídos llegan las voces de quienes en muchas más partes del planeta se manifiestan también, resisten como nosotros y alzan sus propuestas alternativas de un mundo otro, posible e imprescindible; el propio movimiento zapatista ha hecho uso de un instrumento creado en sus orígenes con fines de dominación sistémica, el Internet, y lo ha utilizado para difundir su causa por el mundo en busca de apoyos. Pero la globalización también es, en última instancia, una dimensión más de ese proyecto occidental de dominación mundial –global- que basado en la fuerza de la economía de mercado, y en el poder imperial estadounidense, amenaza hoy las resistencias múltiples que se manifiestan en todo el orbe. El proceso no será fácil en modo alguno, pero –creo que- se han dado pasos fundamentales; quizás parezca utópico, pero un México diverso y un mundo diverso –reconocidos y afirmados como tales, sin restricciones etnocentristas- son el horizonte necesario para continuar caminando, oyendo esas otras voces, mirando con esos otros ojos, pensando al mundo desde esas otras visiones.
Como señala Bonfil Batalla:

“[…] Pienso o quiero, un futuro plural; porque veo en él la continuidad de una maravillosa diversidad de la experiencia histórica de la humanidad; porque presiento lo que esa riqueza de la pluralidad significará para las generaciones del futuro; porque creo en el valor de los muchos rostros […] porque la vida es cambio, es diversidad […]”.

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FUENTES DE CONSULTA

 Bonfil Batalla, Guillermo, “Modernización, democracia y pluralismo”, en: El estado del desarrollo económico y social de los pueblos indígenas de México. 1996-1997, México, INI, 2000, pp. 356-357.

 Ceceña, Ana Esther, “Los desafíos del mundo en el que caben muchos mundos y la subversión del saber histórico de la lucha”, en Revista Chiapas, No. 16, 2004.

 Lander, Edgardo, “Modernidad, colonialidad y postmodernidad”, en: Estudios Latinoamericanos, No 8, Nueva Época, año 4, julio-diciembre, 1997, pp. 31-46.

 Lenkersdorf, Carlos, “El mundo del nosotros”, entrevista con Ana Esther Ceceña, en: Revista Chiapas, No 7, Instituto de Investigaciones Económicas/UNAM, México, 1999, p.p. 191-205.

 León Portilla, Miguel. “El español y las lenguas indígenas”, en: El estado del desarrollo económico y social de los pueblos indígenas de México. 1996-1997, México, INI, 2000, pp. 79-83.

 Montemayor, Carlos, Los pueblos indios de México hoy, Editorial Planeta, México, 2000.

 Ortega, Félix, “Modernidad”, en: Breviario Político de la Globalización, José Luis Orozco y Consuelo Dávila, Compiladores, UNAM / Fontamara, México, 1997.

 Serna Moreno, Jesús María, “Diversidad cultural, etnicidad y democracia”, en Democracia, cultura y desarrollo, Carlos Mondragón y Alfredo Echegollén (Coordinadores), Editorial Praxis/UNAM, México, 1998, pp. 99-100.

 Villoro, Luis, Estado plural, pluralidad de culturas, México-Buenos Aires-Barcelona, Paidós / UNAM, 1998.

 Informe sobre la Democracia en América Latina, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Abril de 2004.

 “Propuesta de autonomía del Consejo Guerrerense. 500 años de Resistencia Indígena”, en: El estado del desarrollo económico y social de los pueblos indígenas de México. 1996-1997, México, INI, 2000, pp. 404-406.


Ciudad de México, 2006

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